La pareja no da la felicidad..

Desarrollo personal, Motivación, Psicología

Hollywood nos ha hecho un flaco favor. Nos entretienen sus películas pero nos crean modelos sociales que casi nunca existen. Así sucede con el amor. Posiblemente la pareja sea el apartado de nuestra vida donde habiten más fantasías e ideas preconcebidas: soñamos con príncipes o princesas azules (o rosas) que salen en las películas con final feliz, nos peleamos con forzar la realidad a lo que tenemos en la cabeza y buscamos esa pareja como bote salvavidas a nuestros problemas. Sin embargo, nos equivocamos. Como explica Joan Garriga en su libro El buen amor en la pareja:

pareja
“la pareja te puede dar la felicidad, pero no tiene el poder de hacerte feliz, lo cual es un matiz importante”.
Según este psicólogo y amigo, a quien admiro por su trabajo desde hace años, a través de la pareja podemos encontrar intimidad, sexualidad, ternura, sentido de pertenencia… pero no es el elixir para rescatarnos de nuestras insatisfacciones vitales. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros anhelamos otra relación pensando que ahí estará la superación de nuestras frustraciones? Y no hablo solo de personas que están solteras o separadas, sino también de quienes están casados e insatisfechos, pero que mantienen ese sueño interior.
La pareja tiene múltiples formas y expresiones. No hay un único modelo, sino anhelos o necesidades relacionadas con amar y ser amados, con compartir una intimidad profunda, una estabilidad afectiva, con sentirnos vinculados y con la posibilidad de dar vida, de servirla o de cuidarla de algún modo. Dichas necesidades pueden expresarse en un matrimonio o en relaciones abiertas. Por tanto, no hay modelos perfectos, sino relaciones que nos enriquecen o que nos empobrecen.
Y ¿qué ha de ocurrir para que una relación de pareja nos ayude a crecer? Joan describe cinco condiciones, apoyado en el libro Una vida feliz, un amor feliz de Arnaud Desjardins, discípulo del sabio hindú Swami Prajnanpad, y que resultan de aplicación para todo tipo de parejas. A saber:
Que sea fácil, que fluya sin demasiado esfuerzo. Cuando una relación cuesta, es difícil que nos enriquezca. Las cosas han de ser sencillas, que no significa simples. Tampoco quiere decir huir de los problemas o de las dificultades, ya que son inherentes al ser humano. Cuando fluye una relación nos sentimos grandes y hacemos que la otra personas también lo sienta. Sin embargo, es curioso como hay parejas que tienen relaciones destructivas y son incapaces de separarse (evidentemente, no hablamos de situaciones límites). El motivo lo explica Joan: el intercambio desde el malestar o el maltrato crea vínculos muy poderosos y profundos y el miedo a la soledad corta cualquier vuelo.
Que no se traten de naturalezas demasiado incompatibles, no demasiados diferentes. A veces el enamoramiento nos introduce una incapacidad real de valorar si la otra persona encaja con nuestro modelo de entender la vida, nuestras expectativas, la educación recibida, nuestra realidad cultural y social… no significa que las diferencias no puedan salvarse, en absoluto, lo que supone es aceptarlas, afrontarlas y conciliarlas. No sirve con decir “no importa”, porque a la larga dichas diferencias van tomando presencia y pueden ser motivos de desencuentro.
Que los miembros de la pareja sean verdaderos compañeros, que sean amigos. Lo que significa que hemos de sentir que el otro nos entiende y nosotros a él o a ella. De este modo, la pareja es una relación de acompañamiento hacia un objetivo común, donde cada uno hará su camino, a su modo, con sus peculiaridades, pero sabiendo que la otra persona es un refugio para sentirse comprendido y querido.
Que exista plena confianza en el otro. Es decir, tener la certeza de que la pareja quiere nuestro bien y no nos va a dañar. No estamos hablando de una confianza infantil, controladora, donde se reclame sinceridad o infalibilidad absoluta. Tampoco una confianza que exija garantías. Hablamos de la convicción de saber que no es necesario protegerse del otro, que no nos va a hacer daño con reproches, malas caras o acciones más agresivas. O como canta Joaquín Sabina, saber que no “vuelve la guerra a la cocina”.
Que exista el deseo espontáneo de que el otro también esté bien por encima de nuestros miedos o carencias. Quizá sea lo más difícil de lograr, porque implica una generosidad profunda y significa cambiar el punto de vista de la pareja. A veces querer a alguien puede significar dejar que se vaya de nuestro lado, aunque nos duela.
Las condiciones anteriores son realmente difíciles de alcanzar. Como afirma Joan Garriga, no ha conocido ninguna pareja que las cumplan a rajatabla. Sin embargo, nos dan pistas para entender cuál es el camino para crecer juntos y es un buen diagnóstico para saber cómo estamos: cuando en una relación solo se da una o dos de las condiciones anteriores al final lo acaba pasando mal.
La experiencia del amor es posiblemente lo más grande que podemos vivir. Por eso, casi todo el mundo es capaz de recordar el primer beso o las primeras palabras susurrantes. Sin embargo, el problema radica cuando nuestro anhelo de pertenencia y de amor impide ver al otro en toda su dimensión y nos empeñarnos en encapsular la relación en modelos que solo residen en nuestra cabeza o quizá en las películas de Hollywood con final feliz. En la medida que sepamos trascender y aprender a amar, seremos capaces de abrirnos a una experiencia de plenitud y, cómo no, de felicidad, más allá de quien esté a nuestro lado.

Pilar Jerico

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